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Languajes

Los simuladores

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Los invito a presenciar un peritaje a un acusado por delitos de lesa humanidad, un simulador al cual la justicia no logró reconocer como tal.
Acompáñenme en esta exploración…

Armando tiene 71 años y es un ex miembro de las fuerzas de seguridad. El juez que investiga la causa por delitos de lesa humanidad donde está involucrado Armando necesita conocer si está en condiciones de seguir dentro del proceso de justicia o debe ser desprocesado por su estado de salud mental. Siguiendo los procedimientos de rutina, pide opinión a los profesionales del Cuerpo Médico Forense (CMF), un órgano de médicos y psicólogos que dependen directamente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, es decir, que son la máxima autoridad en temas de salud en el ámbito pericial.
Consultados, algunos de ellos arriban a un diagnóstico que abre la polémica: consideran que Armando sufre de deterioro cognitivo y síndrome demencial. Pero los peritos de parte consideramos que es un simulador. La decisión que funcionará cual equivalente de la verdad queda en manos del juez, ¿qué hará?
El deterioro cognitivo, vale aclarar, es un déficit de las funciones mentales superiores: falla la memoria, el lenguaje, el razonamiento, la atención, la concentración, entre otras facultades. La persona no sabe o confunde en qué día vive porque se desubica en el tiempo. Y le pasa lo propio en el espacio. Por su parte, la demencia tiene que ver con la profundización de ese deterioro cognitivo.

Armando

Armando reside en el Gran Buenos Aires y llega solo a la sede del Cuerpo Médico Forense luego de tomar más de un colectivo. Pudo orientarse en la ciudad (espacio), no se perdió. Supo en qué parada bajarse. Además, deducimos, reconoce los números pues supo qué colectivos tomar.
Pudo pagar su pasaje, por lo cual tiene su tarjeta SUBE encima, no la olvidó. Y debe tener la carga suficiente para costear los boletos. Para ello debió hacer mentalmente el cálculo de lo que iba a gastar, averiguar cuánto dinero tiene en la tarjeta y si es necesario cargarla.
Como Armando está ubicado temporalmente pudo llegar a horario a la cita médica. Trae anotada la dirección en un papel. Podríamos decir que lee y entiende lo que lee. Digamos que para el momento en que Armando se presenta en el CMF ya tenemos alguna información de su estado mental que consideramos objetiva.
Está orientado en tiempo y espacio, hace cálculos mentales, se maneja en la ciudad con autonomía, lee y reconoce números y palabras. Todo esto lo deducimos porque cuando se le pregunta a él, no podrá decir cómo llegó al lugar ni qué colectivos tomó. El ya clásico “no me acuerdo” será una muletilla permanente por parte de este represor. Y de tantos otros.
Ingresamos con él a una gran sala para realizar el peritaje. Allí estamos varios profesionales de la salud. La puerta se cierra pues nadie más podrá permanecer en el lugar: sólo participamos quienes fuimos autorizados por el juez.
Nadie usa guardapolvo pero Armando saluda a todos con un “doctor” o “doctora” según el caso, lo que muestra que entiende perfectamente con quiénes está. Esto en psiquiatría se llama orientación alopsíquica.
Además, es un día con clima agradable y observamos que está correctamente vestido para la temperatura imperante, esto marca su ajuste a la realidad.
La demencia es una enfermedad que, por definición, no les permite a las personas que la padecen sostener una vida autoválida por lo que empiezan a depender de terceros para poder llevar adelante sus actividades de la vida diaria. No pareciera ser el caso de Armando, ¿no?
Este represor vive solo. Su ropa está limpia y hasta la camisa planchada, esto quiere decir que sabe y puede lavar y planchar. Y lo que es tan importante como eso, puede darse cuenta cuando la ropa está sucia y realizar todos los pasos necesarios para resolver el problema. Tal vez parecerá una tontería pero las personas con demencia empiezan a perder esta posibilidad y necesitan de terceros para estas tareas. La higiene suele convertirse en un problema y va apareciendo el abandono.
Pero Armando no solo lava su ropa sino que sostiene su propio aseo: está bañado, afeitado y sus uñas están impecables. Por lo visto se ocupó del tema.
Cuenta que camina, hace ejercicios y lleva una vida sana. Todos sus dichos se constatan por la sola observación pues su cuerpo delgado conserva un muy buen tono muscular, sobre todo si se piensa que tiene 71 años.
¿Una persona con síndrome demencial llevando adelante una rutina de ejercicios y cuidando su alimentación? Resulta curioso.
Armando cuenta otras cosas también, como que tiene una mascota a la que saca a pasear, que sale a hacer compras en el supermercado chino de su barrio. Vamos a decir una obviedad: toda esta información es fruto de un ida y vuelta de preguntas y respuestas, lo que muestra que entiende qué se le dice y responde con coherencia.
Cuando las preguntas se vinculan a su pasado se muestra confuso, no recuerda, no encuentra palabras. Curioso recorte de la dificultad que muestra.
¿Ya dije que estuvo prófugo muchos años?
El diálogo con Armando continuó pero me parece que los colores del paisaje están claros.
Como dijimos al comenzar, Armando traía un diagnóstico de deterioro cognitivo, síndrome demencial. Y los profesionales del CMF insistieron en esta conclusión.
Discutimos ese diagnóstico a través de nuestros informes periciales pero no fue posible convencer al juez de que estábamos frente a un simulador. Armando no se sentará frente a la justicia para responder por sus actos.
Hoy este represor, que tiene sobre su espalda un frondoso prontuario, está libre.
Seguirá con su rutina de ejercicios físicos, paseando su perrito, comprando la comida en el supermercado chino, manteniendo una vida sana.
Como no pudo ser llevado a juicio, este genocida hoy camina por su barrio como cualquier vecino.
La simulación es una acción deliberada, intencional y planificada. Muchas veces los profesionales trabajan con honestidad y sin embargo no logran detectar el engaño. Sabemos también que en otras ocasiones hay quienes no quieren ver. Seamos sinceros: a veces el simulador es muy creíble y otras, no.

José

Veamos el caso de José. Tiene 84 años y llega al Cuerpo Médico Forense también con un diagnóstico de deterioro cognitivo, con problemas de memoria. Justo de memoria.
En la entrevista sigue un derrotero incierto, no recuerda ni qué comió el día anterior. Pasado un rato y ya más distendido se le pregunta si sabe dónde está, esperando que presentara dificultades o que siguiera brindando respuestas generales o imprecisas. Sin embargo, sin inconveniente da la dirección exacta (calle y número) del Cuerpo Médico Forense, lugar donde se desarrolla la evaluación y luego dice correctamente el piso donde hace meses entregó un estudio nefrológico. ¿Y los problemas de memoria?
A diferencia de lo sucedido con Armando, aquí tod@s l@s profesionales acordamos en que el represor estaba simulando y así lo informamos al juez. Hubo consenso y la simulación fue descubierta.

 

Antecedente histórico

En octubre de 1998 Augusto Pinochet, en ese entonces de 84 años, fue detenido en Londres por orden del juez español Baltazar Garzón: se lo acusaba de torturas, desapariciones, delitos como genocidio y terrorismo internacional. Además de su arresto se solicitaba su extradición a España para poder enjuiciarlo.
Arrancó allí una larga pelea internacional que culminó con su liberación. ¿Qué razones evitaron la extradición y posibilitaron que el dictador chileno quedara libre? Pues ni más ni menos que motivos vinculados a la salud.
¿Qué le pasaba a Pinochet? Según los médicos ingleses padecía de varias enfermedades y estaba incapacitado mentalmente (supuestamente con problemas de memoria) para enfrentar un juicio.
Así fue que el 2 de marzo del 2000, Pinochet fue liberado y salió de Inglaterra. Al día siguiente Pinochet, el genocida de su pueblo, estaba libre por ser un anciano incapaz mentalmente y presto a llegar a Chile. No pudo ser llevado a juicio en España y no se pudieron probar sus crímenes.
Cuando el avión que lo traía aterrizó en Santiago de Chile, el dictador descendió, se levantó de su silla de ruedas, caminó, saludó entusiasta y se abrazó a familiares y militares, plenamente consciente de la victoria que había logrado. Tenía muy claro dónde estaba y lo que estaba ocurriendo, reconoció a quienes se acercaron a saludarlo. Su familia hablaba de una increíble recuperación.
Era todo una gran burla: la demencia no tiene cura, no hay recuperación posible.
¿Qué pasó? Se tejió una trama de mentiras, connivencias de médicos, jueces y políticos con un resultado que en Inglaterra, Chile, la Argentina y cualquier otro país del planeta se llama “impunidad”. La herramienta que utilizó el genocida para evadir a la justicia fue la salud y “razones humanitarias”.
A pesar del tiempo transcurrido y de la experiencia acumulada, en nuestro país también pasan estas cosas aunque no estén a la vista de tod@s y sus protagonistas no sean conocidos.
Muchas veces, los genocidas se salen con la suya, como Armando o Pinochet. Otras, los magistrad@s pueden escuchar la verdad, como en el caso de José.
En este juego de espejos donde se intenta confundir la mentira con la verdad y esconder la memoria, la justicia debe tener los ojos bien abiertos para no ser funcional a la impunidad.

 

* Perito en causas de lesa humanidad.

 

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