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EL SUBSUELO DE LA MEMORIA

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La constitución del Sindicato de Trabajadores de Subterráneos y Premetro, no solo logró mejorar las condiciones laborales y el salario de sus afiliados, algo que nunca había preocupado a la burocracia de la UTA, sino que -como cuenta en primera persona su secretario de Derechos Humanos, Miguel “Pipi” González- permitió reconstruir la historia de los desaparecidos del gremio, una tarea aún inconclusa.

 

Nací en 1970 en Quilmes, después viví en San Miguel del Monte, hasta los 13 años y volví a Quilmes en el ‘83. Mi viejo tenía dos laburos y además trabajaba en el cementerio. Me casé en el 90 y sobreviví haciendo changas, desde los 11 que no paro de laburar. Cuando era chico leía mucho y después en la adolescencia dejé de hacerlo. En casa había una enciclopedia ‘Lo sé todo’, todavía la conservo, eran tomos de diferentes colores. También me devoraba la Patoruzito. Todo el secundario lo hice trabajando en el subte. Fue gracias a las 6 horas, porque si no, no hubiese podido. Entraba a las 11:30, salía a las 17:30 y me iba a estudiar al CENS 44, un colegio que está en Entre Ríos y Constitución. Antes, vendí panchos, trabajé en un matadero, en una óptica y planchando pantalones. En realidad, era una empresa que trabajaba con los lavaderos de jeans y teníamos que fletar decenas por hora. Me fui por la mía sin cobrar ninguna indemnización. También changueé en el cementerio de Ezpeleta, por entonces me pagaban 75 centavos la hora para limpiar bronces y barrer. Estaba buscando trabajo y un flaco amigo me dijo, ‘¿Vamos a ver qué pasa en el subte?’ Odiaba eso de estar horas ahí abajo, pero ante la necesidad le dije que sí. Ingresé como personal tercerizado en 1996, pero sabía cero de política y menos diez de sindicalismo, porque soy de la camada que veía a la política como fea, sucia y mala, En ese momento ganaba $340 más 40 de ticket, y el sueldo más bajo entre los efectivos, el de boletero, era de $380 más los tickets, por ocho horas de trabajo. Renuncié a la tercerizada, a los 15 días me llamaron de Metrovías y empecé en la boletería de la estación Congreso, después anduve por diferentes estaciones hasta que me efectivizaron y quedé fijo en Loria Norte.
En esa época no teníamos sindicato propio, toda la actividad sindical la manejaba la burocracia de la UTA. Comenzaron a hacerse reuniones clandestinas. De esas cosas no se podía hablar durante la jornada laboral, si te enganchaban, te echaban. El primer paro se hizo entre el ‘96 y el ‘97 y se paralizaron las cinco líneas. Y eso que se venía de la derrota, de la privatización del ‘94, de los retiros voluntarios y los despidos. El papel del gremio era acompañarnos hasta la puerta del cementerio, de allí en adelante teníamos que arreglarnos solos.
La prioridad era parar los despidos, porque todos los meses echaban a una tanda. Cuando los compañeros me vinieron a hablar no entendía y tampoco me interesaba demasiado. Les preguntaba, ‘¿Nos corresponden las seis horas?’, ‘Sí’, me respondían. "Bueno, listo", replicaba sin meterme en el fondo del asunto. Fue por esos días que empecé a averiguar por el secundario a distancia, te daban el material, te preparabas y a fin de año rendías la materia. Retiré los textos y antes de haber llegado a las tres páginas me di cuenta de que no entendía nada.
Un día le dije a un compañero "Tengo ganas de leer y no sé qué" y me prestó un libro titulado “Monte Chingolo”. Me lo devoré dos veces en una semana, me enfermó la cabeza. Además, conocía ese lugar. A partir de allí empecé a meterme a fondo. Hubo un antes y un después de ese libro. Iba a la plaza de los jueves con las Madres. Ya en 2006, los compañeros del taller catedral propusieron poner una placa en la estación Plaza de Mayo en homenaje a los desparecidos del subte y a los otros 30.000.
No éramos sindicato todavía. Primero a la UTA se le ganó el cuerpo de delegados. La UTA, manejada por una banda de rufianes con el tiempo la convivencia ya no era posible, no se quedó quieta, armó una movida para echar a los delegados, ahí se decidió constituir un nuevo gremio se hizo un plebiscito para que los compañeros dijeran si estaban de acuerdo. La votación se dividió en seis días, pero en la primera, bajó la patota de la UTA y nos molió a palos. A mí me pegaron un balazo en la pierna y me mandaron al Pirovano. Pero les salió el tiro por la culata porque hasta los que no habían tomado una posición definida salieron a repudiarlos. El resultado fue contundente: 1.778 se manifestaron a favor del nuevo sindicato y solo 18 por quedarse en la UTA. Una vez constituidos se creó el área de Derechos Humanos y Beto Pianelli, uno de los principales dirigentes, me propuso hacerme cargo de la secretaría. Unos años antes dos compañeros habían elaborado un libro titulado "Cuando el terror no paraliza", donde se relataba como había sido la resistencia ahí abajo durante la dictadura genocida, de qué manera se organizaban a partir de testimonios de protagonistas de esa etapa. Lo que a mí me interesaba, era trabajar sobre los ejes de Memoria, Verdad y Justicia. Tomé contacto con organismos y fuimos encontrando los nombres de los desaparecidos del subte. Fui a una dirección en Villa Insuperable, La Matanza, pregunté por la familia Cabrera y un tipo que me veía por primera vez, con la máxima discreción, me confirmó que efectivamente uno de ellos era su hermano Luis y comenzó a contarme su historia, que lo habían chupado con su compañera, que tuvo dos hijos, que los había criado su abuela, quien les había rogado a los represores que no se los llevaran cuando le estaban reventando la casa, que tenía otro hermano que también trabajaba en el subte, cuando estábamos haciendo la baldosa de Luis le comente a uno de sus hermanos que encontramos a otro compañero apellidado Chanampa. su emoción fue muy grande ‘¿Encontraste a la familia del Negro Chanampa?’, me interrogó y le contesté con otra pregunta ‘¿Por qué, lo conocías?’ ¿Qué si lo conocía? Iba a comer hígado con cebolla a la casa del Negro’.
Chanampa había vivido en Ciudad Oculta pero se me hizo difícil ingresar, me rebotaron dos veces. ‘Tenés pinta de policía’, me dijeron. Imaginate lo que me dolió, era lo peor que me podían decir. Cuando pusimos la baldosa de Cabrera fue muy lindo, vinieron los muchachos de HIJOS Matanza, los vecinos estaban emocionados, fue la primera que se puso en La Matanza. Una señora que nunca había hablado del tema se acercó y dijo "Yo vi cuando se lo llevaron”. Uno de los hijos laburaba con un taxi y el otro se la rebuscaba con un tallercito
y el tema era como ayudarlos. Entonces le dije a Beto, ‘Tenemos que hacer que estos pibes ocupen en el sube el lugar de los padres’. ‘Bueno, hablá con Yasky –el secretario general de la CTA de los Trabajadores- a ver que se puede hacer’. Yasky me recibió al día siguiente. Le presenté ese tema y una iniciativa para hacer una estación temática de Derechos Humanos en alguna línea, y nos consiguió una entrevista con el entonces ministro de justicia y DDHH Julio Alak, dos días después fuimos a la secretaría de Transportes. Llevé una nota con cuatro nombres, Un hijo de cada familia, el hermano de Cabrera y un compañero que había sido delegado en el subte en plena dictadura y al que hicieron renunciar bajo amenazas, lo chuparon, lo torturaron y después lo tiraron en la zona de Ezeiza y nunca pudo conseguir un trabajo decente. En Transporte nos aceptaron solo a los dos hijos.
Un jueves, en una de las rondas de las Madres, yo estaba con la remera del subte, se me acercó una mujer y me contó que conoció a un compañero nuestro, de apellido Mendoza. En el medio de tanto lío se me escapó la liebre, más tarde conocí a Maco del EAFF le comente del trabajo que estaba haciendo y me nombro a José Martin Mendoza. Por otro lado, la compañera que tanto colaboró, Nenina, encontró una dirección en Villa Riachuelo, Lugano. Y allí fuimos. Golpeamos, pero no salió nadie. Preguntamos a los vecinos y por fin, uno de ellos nos confirmó que los Mendoza no vivían más allí, nos comenta que la familia creía que estaba viviendo en González Catán y que tenía un kiosco en la zona de Congreso. Cuando se acercaba la fecha del secuestro de Mendoza propuse sacar un recordatorio en “Página 12”. A los dos días me llamaron del diario para decirme que una persona lo había conocido y quería contactarse con nosotros. Resultó ser la mujer que se me había acercado aquel jueves en la ronda. Me invitó a su casa y así me enteré de que había sido secuestrada con nuestro compañero, era Cristina Comandé.
Yo hacía dos años que venía planteando que si nosotros teníamos detenidos desaparecidos debíamos ser querellantes, pero teníamos que contar con algún elemento de prueba. Al otro día fui al sindicato e hice el planteo: ‘Ya está, podemos ser querellantes. Encontré una compañera que estuvo con Mendoza en un centro clandestino’. Una compañera que nos dio una mano nos representó a un abogado y el 16 de septiembre del 2015 a las 10 de la mañana presentamos la querella en Comodoro Py y a las 13 pusimos la baldosa en la estación Virreyes.
Allá por noviembre sonó el celular y escuché a mi esposa llorando, me preguntó si me acordaba de Ana, que trabajaba con nosotros en la línea A, y a continuación me dijo que estaba casada con el sobrino de Mendoza. Le pedí que consiguiera el número de teléfono. Este, de nombre Diego, se comunica para agradecerme todo lo que estábamos haciendo en memoria de su tío, le conté que la idea era recorrer la zona de congreso comprando chucherías en los quioscos y preguntando por la familia. Después, Diego me contó que habían alquilado un departamento en la calle San José porque Catan quedaba lejos y me describió el edificio. Resultó, lo que son las casualidades, que ellos vivían en el segundo piso y yo vivo en el primero.
Fuimos con mi compañera -conductora de la línea A y secretaria de género del sindicato de trabajadores de Subte y Premetro- a encontrarnos con ellos y con Cristina Comandé en la sede del sindicato. Vinieron con los hijos y los nietos y fue algo muy impresionante porque después del secuestro, no supieron más nada y se iban a enterar en ese momento. Les contamos que se habían recuperado los restos y unos meses después, creo que fue en mayo, se le entregaron y se hizo un responso en la iglesia Santa Cruz.
De los cinco legajos laborales, pudimos recuperar cuatro y nos enteramos de que Mendoza era hincha de River, que le gustaba leer, que había formado parte de la agrupación Estudiantes Socialistas de la Universidad Tecnológica Nacional y que había adherido a la Juventud Guevarista. Pero quiero aclarar que no es mérito mío el haber avanzado en estos casos, la directiva del sindicato se jugó por entero. Es que, aunque lo supimos tarde, este sindicato tiene una larga historia por detrás. La nuestra es la cuarta experiencia en la construcción de una organización propia, porque la primera fue en los 70, hubo otra en los ochenta y creíamos que éramos la tercera, pero el año pasado tomamos conocimiento de que en 1963, los pioneros, encabezados por Salomón Sarlavsky conformaron El Sindicato Unido de Trabajadores de Subterráneos de Buenos Aires. Y ya por entonces denunciaban a la UTA por estar de los dos lados del mostrador, ya que la mayoría de los delegados eran jefes de la empresa.
En mi familia no hubo desaparecidos, pero me quedó muy claro que lo que sucedió no fue obra de cuatro locos uniformados, sino de un plan elaborado por la clase dominante para poner en marcha un sistema económico que beneficia a una minoría.
El contexto actual nos obliga a repensar el rol del estado y el uso de las fuerzas de seguridad, con Santiago Maldonado desaparecido hace 70 días.
En el camino recorrido aprendí mucho de la gente que conocí, compañeros y compañeras que las han pasado mal porque al terrorismo de Estado no lo vieron por televisión. Sabemos que, desgraciadamente, nos falta encontrar más desaparecidos del subte y también que los derechos humanos no tienen que ver solamente con la represión, porque el derecho a la vida en libertad es solo un piso y a partir de allí tenemos que reivindicar la salud, la educación y el techo para todos, la estabilidad en el trabajo y un futuro digno para nuestros hijos.

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