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Testimoniar en los Juicios contra crímenes de Lesa Humanidad

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Soy querellante en  la causa Unificada ESMA,  por el secuestro y  desaparición de mi hermana Verónica y el día 16 de octubre de 2013 presté testimonio ante el Tribunal N°5 de dicha causa.  Verónica fue  secuestrada junto a su compañero Sergio Kacs, en la noche del 11 / 12 de junio de 1978 y en   ese mismo año, ambos fueron vistos con vida en el Centro Clandestino de Detención (CCdDTyE), que funcionó en lo que fue la Escuela de Mecánica de la Armada.

 

Llegar a la  instancia judicial de la querella, fue un recorrido bastante complejo y nada lineal, en mi caso particular.  Por supuesto  implicó mucho tiempo en términos de trámites administrativos, reuniones con abogados, con sobrevivientes o distintas  instituciones.  Sin embargo,  la cuestión más compleja no radica en este punto, sino en el camino que transitamos hasta  tomar la decisión de  querellar en un juicio  contra crímenes de lesa humanidad,  por  una desaparición que atravesó  mi propia vida con graves secuelas en mi entorno afectivo.

El secuestro y desaparición de un familiar es de por sí,   siniestro. No tenemos un lugar donde alojar a un ser tan íntimo dentro de las mazmorras de la tortura;  y que  además   fue  arrojado vivo al río.  Sabemos que durante aquella  dictadura existió un claro proyecto de exterminio para imponer un modelo socioeconómico con metodologías de disciplinamiento social  que tuvieron distintas formas. En muchos casos, se eligió a un sólo miembro de la familia dejando al resto paralizado  por el terror;  donde el secuestrado, además de una víctima,  podía llegar a ser alguien condenado al olvido, un  recuerdo cuasi prohibido para sus seres amados; en los cuales la sospecha caía de manera implacable por sólo manifestar amarlo. Esto sucedió  en muchos ámbitos y en el mío en particular.

 “Los totalitarismos del siglo XX inventan por primera vez la figura del crimen sin rastros, no tanto el crimen que permanece o no impune sino en la construcción de un olvido absoluto. No es sólo la destrucción física de los cadáveres sino su total negación en el plano del lenguaje, el enterramiento de la memoria, la postulación de un olvido sin fisuras”, señala Gerard Wajcman, en  ‘El Objeto del Siglo’.

En ese recorrido para construir la memoria, que de por si tiene su pliegues  y fisuras, vamos observando la gravedad de  los efectos  del terrorismo de Estado en la sociedad  y  también en los sujetos, es decir en nuestra propia vida.  Algo así como  hurgar  dentro de los intersticios del dolor, para preguntarme con sinceridad  sobre mi actitud   ante la tragedia de tener una hermana desaparecida. Son momentos  donde surge con fuerza la voluntad de accionar, sin desviar la mirada, ni pasar la página. Es un lugar al revés del orden común y cotidiano, de lo banal. El pensamiento corriente dentro de la sociedad capitalista tiende a evitar el conflicto, manteniéndonos a salvo como si eso les sucediera a otros. Entonces la decisión de querellar y pedir justicia se constituye  como parte  de esas acciones.

Ser  querellante y testimoniar en un juicio contra crímenes de lesa humanidad fue  un hito paradigmático en mi vida, tanto de  ruptura, como de continuidad. Fue de  ruptura, en  varios sentidos. Realizado al principio  en soledad, con importantes desavenencias familiares en cuanto al esclarecimiento de la desaparición  de Verónica; y de  ruptura también,  con una parte de mi historia marcada por el silencio y la paralización. En tanto fue de continuidad  en   ‘hacer lo que se debe hacer’ de acuerdo  a mis convicciones. Es decir trabajar por  la verdad y  la justicia de un crimen consumado por un Estado terrorista que arrasó a una parte significativa de la sociedad argentina, en la cual se incluye mi hermana, su compañero, otros  seres queridos y una porción enorme de mi generación. Querellar  entonces, se configuró  en una  acción de orden emancipadora; algo así como un  hecho simbólico que nos alivia   al dejar de acarrear  el estigma de la inconsecuencia. Accionar desde los fragmentos que nos dejó el horror de esta desaparición y de la dictadura; significó la construcción del entramado personal-familiar-histórico-político  y militante de mi hermana Verónica.

Ahora bien, que es lo que sucede en el momento que testimoniamos ante un Tribunal? La audiencia judicial, de por sí, es intimidante y genera cierta angustia. Las emociones  están en el andamiaje mismo del testimonio, nuestro cuerpo se expone evocando dolorosamente  a cuerpos ausentes.  Ileana Diéguez, en su libro ‘Cuerpos sin Duelo’; destaca  la importancia de expresarse  públicamente  a partir de la experiencia subjetiva traumática, “…  cómo deberíamos habitar un mundo semejante que se ha tornado extraño por la desoladora experiencia de la violencia y de la pérdida…”

Personalmente tuve la suerte de contar con un sólido resguardo  dentro  de mis afectos, amigos y compañeros de trabajo. También con en  la entidad patrocinante de mi querella, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) donde recibí  durante años ámbitos de concreta contención jurídica y psicológica. Del mismo modo  la fiscalía, que me brindó  atención y cuidado personal lo cual es algo sumamente valioso para quienes testimónianos. Esa incertidumbre y temor del principio, se trastocaron entonces en un ámbito de calidez mayor al que esperaba,  con  la presencia de amigos, compañeros, hijos y especialmente dos de mis hermanos y sus hijas. Ileana Diéguez  señala estas experiencias casi como ritos de pasaje y por lo tanto de transformación “un espacio intersubjetivo donde se pone en juego una dimensión casi espiritual, sin desconocer la estrategia que la precede y la fuerza moral que la constituye. Donde la vida tiene que continuar y porque es más fuerte que la muerte.  Algo que se acomoda y sucede así”. Hasta las audiencias pueden ser vistas como escenarios  ceremoniales, casi de aparición. Verónica  ‘aparece’, los desaparecidos  ‘aparecen’. Están ahí asumiendo la historia y enfrentando  lo trágico. Esto representa  una verdadera victoria de ellos, y de ellos  sobre sus asesinos, que quisieron lo contrario. Aunque la desaparición de mi hermana podría parecer menos ‘grave’ que otros casos, ningún personaje es secundario;  “todos estamos siluetados en el cielo”, nos recuerda John Berger.

 

Ser querellante implica ser también un testimoniante;  fue una victoria para mí también al librar esta historia del silencio y del olvido. El pensador italiano Giorgio Agamben  reflexiona sobre esta condición. “Testigo  y sobreviviente… El que testimonia habla por aquellos que no pudieron  tener  la oportunidad de hacerlo… El derecho y el deber de contar lo que sucedió, nos convierte en  cronistas  de un tiempo excepcional… Callar y silenciar la barbarie sería otorgar la victoria a los perpetradores de esa misma barbarie, a los señores de la muerte”.

En el mismo sentido, el testimonio vivo de las personas es central por la posibilidad de  que como actores sociales ‘tengamos la palabra’, es decir también responsabilidades sobre  los fenómenos que nos involucran. En el caso particular de los que fuimos afectados por la última dictadura, hablar y testimoniar es trascendental. “El silencio del dolor es una forma de aumentar la violencia y de instalarla…”, recuerda I. Diéguez. 

En este sentido los actos de memoria se constituyen en un verdadero conjuro contra los daños del terrorismo de Estado y los juicios son el acto de memoria por excelencia. 

Ya finalizando, soy insistente en continuar reflexionando sobre el tema de la memoria y la dictadura. En principio entendiendo como la última dictadura actualiza los fenómenos que han configurado  a toda nuestra Nación. Es decir que no es ajeno a los distintos crímenes realizados, también desde el aparato del Estado; que lamentablemente continúan sucediendo de no extenderse a una verdadera conciencia social sobre los alcances de los totalitarismos y la importancia de que sus responsables sean juzgados.  Sería interesante pensar también en la construcción de espacios que brinden  a más  personas la posibilidad de reflexionar y de ‘tener la palabra’. Soy partidaria de seguir construyendo una memoria dinámica, que incluya la mayor cantidad de actores y colectivos sociales  para evitar clichés y mensajes  reiterativos. 

Los años pasaron y no olvidamos el sello atroz que dejó la dictadura con sus señores de la muerte: las desapariciones, la soledad, la falta de palabras, referentes y pertenencias. Las dictaduras provocan estos daños que son ruinas sobre las cuales nos debemos una reconstrucción más humana. Los que vivimos en esos despiadados años totalitarios, tenemos las  posibilidades de repensarlos y re sentirlos. Llevarlos a la justicia es una oportunidad única, se constituye en un duelo público. Nuestra palabra habla por quienes no pudieron hacerlo, conjura el miedo y les da el lugar merecido a quienes lucharon y hoy están desaparecidos. 

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