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Languajes

LA SOCIEDAD CIVIL y GUERRA PSICOLÓGICA

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Hace ya dos siglos San Martín con su genio militar desarrolló  la guerra de zapa para darle pelea a los realistas del otro lado de la cordillera,  una táctica militar de espionaje y engaños ideada para producir inquietud y confusión en la tropa enemiga y obtener información. Esta fue una modalidad de la guerra psicológica, aunque por entonces no se utilizara esta definición.

La   guerra psicológica amplió sus estrategias y tácticas de aplicación a lo largo de los años. Tras la Segunda Guerra Mundial  fue adquiriendo nuevas características  de la mano del desarrollo científico pero también de la redefinición  de su “blanco”.

Finalizada aquella contienda, hacia fines de la década del 40, Estados Unidos elabora su  Doctrina de Seguridad Nacional, transformando a las fuerzas armadas en fuerzas de ocupación de sus propios territorios  y, en paralelo, Francia comienza a enfrentar las luchas de liberación de Indochina primero y Argelia después. Es allí donde  los militares franceses fueron haciendo su aprendizaje y aportando una nueva conceptualización sobre  la guerra psicológica, bagaje que luego fue utilizado en Latinoamérica y especialmente en la Argentina.  Ambas vertientes  (estadounidense y  francesa)  tuvieron un papel fundamental en la formación de las fuerzas armadas argentinas, aunque la influencia  de Francia es menos conocida, no obstante haber sido esencial para perpetrar el genocidio.

Hasta la primera mitad del siglo XX,  la guerra psicológica se desarrollaba en dos espacios: el  de la tropa propia, a la que se debía fortalecer moralmente,  y la del  enemigo, al que se procuraba debilitar y derrotar.  Pero a partir de entonces  y en plena guerra fría, apareció en escena un nuevo actor, la población, a  la cual se buscaba controlar como si se tratase de un territorio, con el fin de impedir que  fuera conquistada por el comunismo. Con  este escenario la guerra psicológica tendrá un rol esencial buscando la transformación de las actitudes, prácticas y comportamientos de la sociedad civil.

La psicología y los medios de comunicación de masas se convirtieron entonces en armas poderosas más efectivas que las letales, ya que podían utilizarse en tiempos de guerra  y de paz y por ello tuvieron el  carácter de “permanentes”;  pero además no conocían fronteras  y por ello se pensaron como “universales”. Por último se las definió como “totales”  pues  eran capaces de alcanzar el espíritu mismo de los hombres y mujeres.  Así lo escribieron y lo enseñaron los asesores franceses y así lo receptaron los militares argentinos que tiempo más tarde adecuaron el diseño para aplicar lo aprendido.

Todo está prolijamente detallado en los manuales que fueron parte del cuerpo doctrinal con que se fueron formando nuestros  cuadros militares y analizarlos permite comprender las acciones psicológicas que se llevaron a cabo  en busca de disciplinar al conjunto social.

El Manual de Operaciones Psicológicas (MOP) fue aprobado por el dictador Alejandro Agustín Lanusse en noviembre 1968, cuando todavía faltaban años para la ejecución del genocidio. Se trataba de  una  sistematización de objetivos,  métodos, técnicas y  procedimientos  de acción psicológica en que fueron instruidos los oficiales  que en los  años 50 viajaron a Francia para capacitarse, formación que continuó en Argentina hacia finales de esa década, cuando los instructores franceses se instalaron en el país  estableciendo un vínculo que se extendería por más de veinte años.

La guerra psicológica emprendida combinó elementos compulsivos, sugestivos y persuasivos y se ejecutó a través de un conjunto de acciones planificadas, sistemáticas, que variaron según los objetivos a alcanzar. En la interacción entre lo emocional y lo intelectual, la metodología planteaba explícitamente impactar sobre las predisposiciones y vulnerabilidades humanas, buscando  crear, afirmar o modificar conductas y actitudes.

Aunque la propia doctrina señalaba que  el método  compulsivo  sólo debía emplearse excepcionalmente, dado los efectos contraproducentes que podría desencadenar, se tornó imprescindible para instalar el terror en la población y  fue de  aplicación intensiva en los primeros años de la última dictadura. 

Su funcionamiento concreto consiste en desarrollar hechos que atemoricen a la población activando su instinto de conservación. Es necesario, pues, que se potencie la sensación de peligro. El miedo  es un mecanismo de defensa que promueve distintas estrategias, por ejemplo, la huida o el enfrentamiento ante una situación amenazante. Si no se logra resolver este conflicto y la amenaza persiste, se produce un aumento de  la tensión que deriva en la aparición de la angustia, la cual, sostenida en el tiempo, tiende  a volverse masiva y  a  transformar el miedo en terror, instancia en la cual el peligro se vivencia como omnipresente y no permite, por tanto, adoptar medidas de protección. De ello resulta la parálisis como comportamiento. La amenaza está en todas partes y no se  sabe qué hacer ni a donde ir. Lo emocional invade el psiquismo y anula la capacidad para pensar con claridad. El método compulsivo es acompañado por  acciones físicas y materiales. En el caso del genocidio argentino, a este método responden los secuestros realizados con gran despliegue armamentístico y vehicular por las fuerzas armadas y de seguridad que irrumpían intempestivamente a los gritos, con  violencia física, no se condecían con la situación de las víctimas –por lo general desarmadas- arrebatadas de sus camas en plena noche, o de sus lugares de trabajo o estudio y hasta en la propia vía pública.  Otras acciones compulsivas que apoyaban lo anterior  fueron por ejemplo el control vehicular y de documentos en la vía pública a cualquier hora, poniendo a las personas contra la pared, revisándolas con malos tratos, portando armas largas, en situaciones amenazantes.

El  escenario  montado  respondía a una  lógica: generar e instalar el terror en la sociedad civil.

Pensado en  términos de proceso  genocida y  la necesidad de  disciplinamiento social, allí donde se ha logrado crear terror nos encontraremos con un grupo  vulnerable, más  susceptible a  la manipulación.

Este método se combinaba con otro tipo de acciones psicológicas, donde los medios de comunicación de masas jugaron un rol fundamental, pero eso lo desarrollaremos en nuestra próxima entrega.

 

Una reflexión final: los franceses  fueron construyendo  su cuerpo teórico sobre la guerra psicológica a principios de la década del 50. En nuestro país se comenzó a enseñar sobre finales de esa década  y continúo en los años 60 y 70.  Formalmente nuestro propio  Manual de Operaciones Psicológicas se incorpora como doctrina   en 1968, aunque ya se estudiaba con el de origen francés.

Cuando vemos que desde los años 50  se  estaban desarrollando  métodos  de acción psicológica dirigidos a transformar comportamientos y actitudes de la  población  y donde el terror juega un rol tan importante, podemos reconocer  la falacia  sostenida por  la teoría de los  dos demonios  justificando la violencia del estado  como respuesta a la violencia de las organizaciones armadas de izquierda: en 1950 y durante casi toda la década del 60 el  “demonio armado de izquierda” no existía.

Si existía la necesidad de transformación de la matriz económica que  no se pudo llevar adelante hasta el golpe de estado de 1976.

*Psicóloga. Investigadora. Perito en causas de lesa humanidad.

 

 

 

 

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