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La hora de los lobos

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LA HORA DE LOS LOBOS. 

ALGUNOS APUNTES PREVIOS A LA SENTENCIA EN EL JUICIO “CNU”

“Nada funciona bien, excepto el miedo” Inspector Bauer en El Huevo de la Serpiente, de I. Bergman

La causa llamada CNU

El pasado miércoles 11 de octubre, con las palabras de las abogadas de Justicia Ya!, se dio por concluida la ronda de alegatos de las partes acusadoras (fiscalías y querellas) en el “Juicio llamado CNU”, como tan acertadamente lo refiere la fotógrafa Gabriela B. Hernández en su cobertura de las audiencias. Porque como se ha insistido a lo largo de las audiencias, no es la CNU sino apenas dos de sus miembros civiles los que están siendo juzgados, por más que sean los integrantes más reconocidos de la banda. Y porque se juzga lo sucedido solo a siete víctimas  de un total de, al menos, sesenta asesinatos (los que quedaron rezagados en diversas instrucciones aisladas).

En este sentido, el juicio “llamado” CNU es un ejemplo más no solo de la fragmentación, dispersión y atraso que los juicios de lesa humanidad vienen sufriendo, especialmente cuando se ven involucrados sus elementos civiles. Es también un ejemplo de cómo la voluntad de los efectores de justicia (y abro el concepto para no limitar solo a los jueces, sino también a sus secretarios, fiscales) puede, a través de pequeños gestos y rutinas, tirar por la borda el efecto reparatorio que los juicios debieran tener. Para muestra basta un botón. Se juzga en este proceso el secuestro y asesinato de Leonardo Miceli, militante de Montoneros y trabajador de Limpiolux (una empresa contratada de Propulsora Siderúrgica del grupo Techint), quien fue secuestrado la misma noche que otro trabajador de Limpiolux, Carlos Satich, y que Horacio Urrera, militante de la JUP y trabajador del Registro de la Propiedad. Los tres cuerpos aparecieron juntos acribillados en el arroyo Santo Domingo de la localidad de Sarandí. Sin embargo el ex Juez Arnaldo Corazza bajo la Secretaría Especial de Ricardo Botto, elevó a juicio solo el caso de Miceli. Huelgan las explicaciones. O más bien, faltan.

No es la intención hacer aquí una reseña de los hechos y la causa. Estos los describe muy bien Diego Martínez en su nota “La CNU en el banquillo” en este mismo portal. Y dado el momento en que se encuentra el proceso (el lunes 23 tendrán su oportunidad los defensores oficiales y particulares), sería una imprudencia adelantarnos. No obstante quisiera presentar brevemente tres elementos que emergen ya para la reflexión, y que se presentan como desafíos no solo de índole jurídica, sino especialmente histórica y política.

El silencio

El compañero Gonzalo Leónidas Chaves,  sostiene que tenemos que dejar de hablar de “Golpe” o “Dictadura” y recuperar la idea de “Proceso de Reorganización Nacional”. En las primeras  referencias, parece que nos quedamos atrapados en el acontecimiento. Hubo un “golpe”, el más fuerte, el más terrible, como un planazo sobre la mesa, un antes y un después. Sí, pero también hay continuidades. Hay un proceso en el Proceso, por más que la historia necesite hacerse siempre desde cero.

Pero los procesos tampoco son lineales, se leen siempre de atrás para adelante (el diario del lunes, la anatomía del hombre).  En su alegato, la fiscalía insistió fuertemente en la idea de “antesala”. Reconstruir ese escenario previo al golpe de Estado como elemento clave para poder comprender estos delitos: un mundo construido de manera binaria, una escalada de los modos de represión estatal que el fiscal recapituló desde el bombardeo del 55, pero especialmente desde los fusilamiento de Juan José Valle y la emergencia del concepto de “subversivo” como figura para caracterizar al enemigo político. Junto a la proscripción del peronismo, como modo de comprender el desvanecimiento de los límites de los legal y lo ilegal. No así la querella de Justicia Ya! Ésta eligió otro corte: el 68. El Cordobazo como condensación del crecimiento del sindicalismo clasista, los cuerpos de delegados de base, las comisiones internas. Y puso a las organizaciones como la CNU, el Comando Libertadores de América, el Comando de Operaciones, la triple A, como la respuesta de la derecha peronista a aquellas.

Hay que saber escuchar. El juicio viene pasando con indiferencia. Y esa falta de atención es un fallido histórico. Expresa lo que oculta, esa distancia en los modos de cortar y leer la historia, de comprender los modos de laviolencia política, de la represión, del Estado. Todos los conceptos y definiciones que tan claramente hemos pulido para comprender inequívocamente el terrorismo de Estado son puestos en tensión. Quizás por esto, a diferencia de otros juicios por crímenes de lesa humanidad, ha sido necesario en este recurrir a tantos historiadores (Bellingeri, Besocky, Carnaghi, Cecchini, Chavez, Elizalde Leal, Ladeuix, Robles).

Interesante entonces el cruce entre lo político y la política, entre la ciencia y la justicia, entre la historia y la memoria, que ha puesto en escena este proceso. Poner sobre la mesa los vasos comunicantes entre el Estado y los grupos parapoliciales y paramilitares, desentrañar las complicidades entre organismos públicos, fuerzas de seguridad, gremios. Pero sobretodo, dar forma a la mano visible de esa represión que son los miembros civiles de esas patotas. Sus cuadros universitarios, teóricos, ideológicos. Mostrar cómo se fue engendrando ese huevo de la serpiente, sigiloso y a la luz de todos, desde los lugares más visibles, institucionales, poderosos de la sociedad platense y provincial.

El huevo de la serpiente

Hay una escena interesantísima en la película JFK, ya sobre el final de la película, cuando Kevin Costner se reúne con “El Agente”, interpretado por Donald Sutherland, ese “servicio” que lo vio todo dentro de “La Agencia” y se ha salido para contarlo. En ese diálogo en un banco de plaza en Washington DC, Costner pregunta, “pero entonces ¿quién mató al presidente?”. Sutherland responde -no recuerdo textualmente-, algo así como que “nadie y todos. Era una decisión que estaba en el aire, quizás alguien en la pausa de una reunión de directorio, o en un pasillo de la agencia, o en una cena de comandos, alguien dijese hay que matar al presidente, sólo bastaba eso para que el asesinato se desencadenara, la decisión estaba en el aire”.

Rescato esta imagen a fin de dar cuenta de lo “sistemático” del Plan Sistemático de Exterminio. Porque esa sistematicidad no está dada solo (e introduzco el solo para que la idea de responsabilidades no se diluya en la obediencia debida) por una cabeza que decide sobre la vida y la muerte, sino por un clima que pone cada pieza en su lugar y donde el genocidio es la consecuencia necesaria aunque, no se nombre en ningún momento.

Hay que identificar esa idea de los climas, de caldear el ambiente. Interesante además que, en la película, la idea viene de un “servicio”, la institución cuya saber es justamente la quilombificación. La disolución de los límites, de los marcos de comprensión. Hay que saber identificar porque es en ellos, en tanto procesos, donde se encuentra la posibilidad de “repetición”, y no tanto en “los golpes”. Si revisamos la historia argentina veremos así la cíclica acumulación de climas que alcanza un desequilibrio de cargas para que un rayo fulmine la tierra.

Porque si el huevo de la serpiente es el clima, las condiciones necesarias para la quilombificación, la CNU es el rayo que efectiviza ese clima, la mano visible que comulga con violencia el rayo.

 

Los comulgantes

No hacía falta ser un cuadro político para ser parte de la maquinaria concentracionaria. Los engranajes de ésta funcionaban solos, por ello es que pudo apoyarse en esos personajes de la policía bonaerense que hemos visto desfilar en innumerables juicios. No es esta una apreciación sobre la responsabilidad, y menos una alusión a la obediencia debida. Pero si entendemos que existe una banalidad en el mal, aquella que Arendt ve en Eichmann, no tiene tanto que ver con una inconsciencia que exculpa sino con un dispositivo que encubre la responsabilidad. Hacer “bien” el trabajo, en tanto una preocupación técnica más que ética, corre el eje del genocida y le permite continuar con su tarea más allá de su producto: el mal absoluto.

Pero no es este el caso de la CNU. Sus miembros no eran policías sin formación académica/Intelectual. Por el contrario, eran -y así se mostraron en a lo largo del proceso-, cuadros políticos formados. Aunque interpretando personajes diferentes. Pomares interpreta al pobre tipo, se entrega a la imagen del que no entiende cómo está ahí, se victimiza, apoya su frente en la palma de la mano y el codo en su rodilla, aparentando lamentarse los dichos de los más de 40 testigos víctimas que pasaron frente al Tribunal.  Es un Larguirucho torpe, que se enreda en las palabras.

A su lado, Castillo es la contracara ideal. Hay un tipo de soberbia en Castillo que no hay en Pomares. Un Dr. Neurus, que habla con convicción, con una inesperada formación para quienes suponíamos a un lumpen de la represión. Los aparatos represivos del Estado coinciden acá con los aparatos ideológicos. “Nosotros siempre fuimos peronistas, nacionales y cristianos”. Castillo repone su guerra a la sinarquía, incluyendo ahora hasta a los propios jueces como parte de esa conspiración judeomarxista imperialista.

 

Entonces, para concluir por ahora, creo que lo central del juicio llamado CNU, es que las tensiones jurídicas y políticas que ha puesto sobre la mesa son hoy más que nunca un llamado de atención. Porque más que el aparato del Estado lo que ha tenido que deconstruirse es el modo en que se fue construyendo un sentido común en relación a “los enemigos”, a los modos de la violencia política, y a los sujetos que toman en sus manos a la misma. Podríamos encontrar estos mismos elementos en la década infame y sus Ligas Patrióticas, en la Revolución Libertadora y la Juventud de la Acción Católica. Y si tentamos a la historia, las “patrullas perdidas” que empezaron a agitar en el Parlamento en el “18 A”, en las marchas del #NiUnaMenos, al cierre de los E.N.M. o en las que se inquiere por Santiago Maldonado. La quilombificación, ese peligro sensato para las organizaciones. La serpiente vuelve a engendrar.

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